27.8.12

Duelo


Ella quería morirse mientras dormía. Quería morirse como lo había hecho su propia madre: sabiendo que se moría, con el tiempo suficiente para despedirse de todos. Ella no quería depender de nadie. Y nosotros siempre supimos –inexplicable pero incuestionablemente- que el final iba a ser así. Supimos también que ese final había empezado ese viernes en el que trastabilló y cayó y, aunque no se rompió ni un hueso, decidió que ya había sido suficiente. Supimos que ese final había empezado cuando, por primera vez en casi 98 años, decidió quedarse en la cama y esperar. 
Esperó durante dos semanas que fuéramos llegando. Se dejó cuidar, aunque cada tanto oponía resistencia. Pidió con insistencia que la dejáramos seguir su camino. Soñó que su madre la esperaba en la casa natal. Había dejado todo listo: en su casa sólo había lo imprescindible y aquellas cosas que quería que conserváramos. La austeridad también es una herencia. 
Yo llegué tarde para los últimos diálogos. No los hubo. Sólo hubo frases sueltas, algunas miradas, un dejarse tomar la mano. Ya no pedía nada, no quería nada, rechazaba lo poco que podíamos ofrecerle, excepto la compañía. La decisión era clara. 
Un 23, pero de mayo, había nacido su hijo hoy desaparecido. Un 23, pero de octubre, había muerto su primer hijo. Un 23, pero de agosto, a las 23:00, ella se dejó llevar por el sueño en el que venía sumergiéndose los dos últimos días. La noticia: golpe enceguecedor en la nuca a pesar de.
La muerte es siempre una mala sorpresa. En el fondo, nunca es lo esperable aunque lo sea. La tristeza no es más liviana ni menos profunda. Me quedan su austeridad, su coherencia, su dignidad. Su terquedad y su altura imbricadas en mi ADN. Y este vacío ahora, mucho más grande de lo que hubiera podido imaginar. Y este dolor así, que yo sola siento, que viene a apilarse con el otro y a fundirse en una misma y única cosa.